La República Bolivariana de Venezuela está enclavada en el norte de América Latina y, desde un punto de vista territorial, se define como la vanguardia en la resistencia contra las pretensiones expansionistas del gobierno estadounidense. El país bolivariano es la puerta de entrada a un vasto continente que supera los 22 millones de kilómetros cuadrados de superficie, con un peso geopolítico extraordinario. Venezuela posee una reserva de petróleo de 360 000 millones de barriles; imaginemos que, para un país como Estados Unidos, que consume 20,5 millones de barriles diarios, Venezuela sola podría garantizar durante 50 años el suministro de este importante rubro energético.
Por tal motivo, el pasado 3 de enero del año 2026, la nueva doctrina de seguridad nacional estadounidense fue puesta en práctica al mero estilo de la guerra relámpago, tal como la Alemania nazi en otrora lo hizo contra la antigua URSS durante la Segunda Guerra Mundial. Con la salvedad de que, en Venezuela, obtuvo resultados parciales y temporales. Nuestro país aún atesora un marco jurídico que lo respalda como nación autónoma y soberana, tal como lo determina su ciclo histórico y su cultura, producto de la cual consiguió su puesto en el mundo como nación libre e independiente. El Estado venezolano, sus leyes e instituciones conservan la potestad de mantener intacta su integridad territorial y, por ende, manejar su política internacional en el mercado económico mundial de forma independiente y soberana.
Es en este escenario donde se fortalece la necesidad de avanzar hacia una política internacional de intereses compartidos, en contraposición al belicismo estadounidense, dentro del esquema de un mundo multipolar y pluricultural. De allí la importancia de China y su política de destino compartido, que garantiza la soberanía y se apega a la no injerencia en los asuntos internos de las naciones independientes y soberanas.
Desde la República Bolivariana de Venezuela vemos con agrado las cuatro grandes iniciativas de la República Popular China: la Iniciativa para el Desarrollo Global, la Iniciativa para la Seguridad Global, la Iniciativa para la Gobernanza Global y, finalmente, la Iniciativa para la Civilización Global. Son políticas altamente compatibles con los países de América Latina, dado que sus modelos civilizatorios parten de un denominador común: sus sociedades ancestrales fueron truncadas y saqueadas por el imperialismo europeo, incorporando a estas naciones al mundo global con el papel de colonias de donde se extraía buena parte del oro existente en el mercado mundial. A su vez, eran centros de producción de bienes primarios dentro de un reparto desigual del trabajo internacional.
Al alcanzar estas colonias su estatus de repúblicas, se deslindan del sistema colonial esclavista y semifeudal, e ingresan en el nuevo orden capitalista mundial, el cual colapsa con el inicio de la Primera Guerra Mundial y su sucesiva Segunda Guerra, producto del desigual e injusto reparto de los mercados y del papel de los imperios en el nuevo yugo colonial que concluye con los acuerdos de Yalta.
En la actualidad, repensar el orden mundial bajo las cuatro grandes iniciativas de la República Popular China representa un vigoroso avance, debido a la crisis de los organismos internacionales encargados de velar por el derecho internacional de las naciones en vías de desarrollo. Se trata de avanzar hacia un mundo más equilibrado, donde la política del imperialismo norteamericano no emerja del estruendo de las bombas y las metrallas. En ese sentido, China y América Latina tienen intereses compartidos que se acoplan perfectamente a la política de destino compartido. Esto representa para China, como potencia emergente, una diversificación de su mercado exterior y, al mismo tiempo, una gran oportunidad de intercambio de materias primas bajo un esquema de transferencia tecnológica para los países latinoamericanos, bajo la premisa de ganar-ganar.
Por: Eliezer Mora
Médico Internista
Araure, estado Portuguesa, Venezuela
01/02/2026
