Hegemonía: «La fuerza otorga el derecho», el retorno del colonialismo
De un tiempo a esta parte, reina una atmósfera de intranquilidad sobre América Latina y el Caribe. Desde los ataques contra los llamados «barcos narcotraficantes» hasta el establecimiento de zona de exclusión aérea y la perpetración de asaltos militares, llegando al punto de recurrir al uso de la fuerza contra una nación soberana y remover fuera del territorio nacional a su Jefe de Estado, estos comportamientos hegemónicos imperialistas han causado una gran conmoción en todo el mundo. Este modus operandi colonialista, típico del Siglo XIX pero revivido en pleno Siglo XXI, ha puesto en seria amenaza la paz y seguridad tanto regional como mundial. «Hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier país», estas palabras del Presidente de Chile, Gabriel Boric, reflejan exactamente la preocupación generalizada de la comunidad internacional. Cuando la «ley de la selva» prevalezca sobre las normas internacionales, ningún país soberano estará seguro.
Cabe preguntarse: ¿Acaso el derecho internacional que rige en pleno Siglo XXI pesa menos que la Doctrina Monroe nacida en el Siglo XIX? ¿Por qué resurge la lógica colonialista que Estados Unidos articuló hace más de 200 años? Desde manipular las «Repúblicas Bananeras» hasta ocupar el Canal de Panamá, pasando por enviar tropas a Granada, la expresión de su lógica de «tomar ALC como su patio trasero» siempre ha sido invadir y controlarla de manera unilateral, y esto ha formado parte de los humillantes recuerdos de los países latinoamericanos y caribeños. La incursión ilegal perpetrada contra Venezuela en esta ocasión ha dejado una vez más «las venas abiertas de América Latina» por parte de Estados Unidos, y demuestra que la «Doctrina Monroe» pregonada por esta potencia es un neocolonialismo.
Hipocresía: «El traje nuevo del emperador», por esencia la agresión
Para camuflar esta flagrante agresión con una apariencia legítima, Estados Unidos confeccionó meticulosamente una narrativa, que no aguantará ni la más mínima deliberación. Persiste en que sus acciones constituyen una extensión del «apoyo al poder judicial», pero el hecho de que extraterritorialicen y militaricen sus procedimientos de justicia penal doméstica constituye, por sí sola, una distorsión de los principios fundamentales del derecho internacional. Aunque ya existen mecanismos maduros de cooperación judicial en la comunidad internacional, Estados Unidos ha optado por ignorarlos para recurrir directamente al uso de la fuerza, lo que no guarda diferencia alguna con declarar la prevalencia de sus leyes domésticas sobre los principios internacionalmente reconocidos.
Incluso CNN no pudo evitar lamentar: No hay expresión más directa del poder sin límite que secuestrar a un Presidente en ejercicio desde la capital de su país en plena noche. ¿De qué hablan cuando mencionan derechos humanos, justicia, integridad de la soberanía y derecho internacional? A ojos de Estados Unidos, no son absolutamente nada. Ante el lenguaje de doble rasero estadounidense, ningún país debe caer fácilmente en la creencia de su retórica disfrazada. En caso contrario, caería como prisionero de esa potencia con el menor descuido.
Avaricia: «prácticas típicas de los piratas», con el foco puesto en los intereses
En última instancia, el propio Estados Unidos admite que lo que persigue en Venezuela es precisamente su petróleo, un reconocimiento que deja totalmente pálidas sus intenciones de hacer de bandera la «lucha antidrogas» y la «defensa de la justicia». La esencia de la acción estadounidense es la alteración del poder disfrazada de aplicación de la ley, implementada con la fuerza y, enfocada en el control de los recursos, gracias a lo cual, EEUU podrá «administrar» el país con las mayores reservas petroleras probadas del mundo. Esta manipulación, partiendo desde la «incursión militar», pasando por la «toma del poder» y llegando al «aterrizaje de capitales», está diseñada para arrollar a un país y adueñarse de sus recursos naturales.
Al atropellar la soberanía y los derechos legales de un país, Estados Unidos ha violado gravemente el principio de no injerencia en los asuntos internos, ha transgredido gravemente el principio de no uso de la fuerza en las relaciones internacionales, ha vulnerado gravemente el derecho de Venezuela a la autodeterminación, ha socavado flagrantemente los propósitos de la Carta de las Naciones Unidas, ha torpedeado la proclamación de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, y ha planteado amenaza para la paz y seguridad regional, e incluso mundial.
Consecuencias: pírricas ganancias tácticas, garrafales errores estratégicos.
Cuando el Pentágono celebró su éxito al «capturar a un Jefe de Estado con su fascinante poder militar», ¿realmente logró Estados Unidos una «victoria total»? El autor de este modesto artículo no comparte su conclusión. Aparentemente Estados Unidos ha logrado una «brillante victoria», pero su mentalidad hegemónica y su comportamiento se han desnudado ante ojos de todo el mundo, lo que le ha hecho perder la legalidad, opinión pública y ética. Si durante el apogeo de su poder, Estados Unidos no fue capaz de hacerse con el control total de América Latina y el Caribe mediante la invasión militar; ¿sería capaz de «arrollar» la región para devolver al hemisferio occidental al Siglo XIX? La respuesta es, más que evidente, no.
Tras desatada la crisis en Venezuela, muchos países latinoamericanos y caribeños han manifestado de inmediato su protesta y condena. Reino Unido, Francia, España, la UE y otros han reiterado la importancia del respeto al derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas. Muchos países han sido escenarios de protestas contra la agresión, y más de 100 ciudades estadounidenses han celebrado manifestaciones, rechazando subvertir a gobiernos de otros países por medio de la fuerza. Intentar restaurar la hegemonía del Siglo XIX en pleno Siglo XXI caracterizado por la multipolaridad es un gran error estratégico. Estados Unidos debería escuchar atentamente las reivindicaciones de los países de la región y de la comunidad internacional, cesar de inmediato sus ataques contra la soberanía y seguridad de otros países, dejar de subvertir gobiernos de otros Estados y retomar los cauces de buscar soluciones políticas a través de diálogo y negociación. De lo contrario, pagará inevitablemente un alto precio.
